jueves, 28 de abril de 2016


Momentos tiene la vida para todo, miles de circunstancias inesperadas, imprevistas a las que 
enfrentarse. Pasos que encaminar, decisiones que tomar acertadas unas y equivocadas otras.
Más la decisión consciente o inconsciente de convertirse en un carroñero no alcanzo a 
comprender como se toma, ni que lleva a hacerlo. El fácil acceso a la carroña requiere de una voluntad e inclinación. Convertirse en un carroñero no debe ser fortuito. No debe ser casual.

Una vez tomado el primer bocado serás siempre un carroñero, la barrera de los escrúpulos, la 
facilidad de acceso convierten en principal sustento la miseria.

La determinación personal, el aprecio por las personas, la dignidad de sentirme una. Guían 
desde hace años la pauta de mi comportamiento. Aunque no puedo decir aquello de que de 
esa agua no he de beber, prefiero no comer a alimentarme de carroña.

Por el contrario, creo que la magia existe, hay personas capaces de hacerla. No me refiero a 
trucos y malabares sino a la verdadera capacidad de crear ilusión. A magos, personas que 
están a nuestro lado y seguro conocemos, con las que nos cruzamos por la calle y hacen magia.

A fuerza de perseverancia y trabajo, de imaginación y de cambiar la perspectiva desde la que 
se enfocan las cosas contribuyen y aportan, crean ilusión.

La vida, esa chistera simulada cargada de palomas. A la que cuando un profano, un escéptico 
se acerca y mete la mano no encuentra palomas blancas pero que con dos pases mágicos 
revolotean a nuestro alrededor, mientras hay quien se pregunta con admiración ¿cómo lo ha 
hecho?

El caso es que desde hace bastantes días vengo acordándome de un personaje de película, que 
en alguna ocasión les he dicho que me fascina, recordarán a El Tio Pio en Gilda, un sujeto 
elocuente, tocacojones, pragmático, absorbente y muy leal, que encariñado con el “paleto” es 
capaz de jugarse la vida por él. Es un tipo cargado de principios y valores. Que a pesar de su 
extensa experiencia, de su filosofía de vida, de verlas venir y tener un master en desengaños, 
permanece afincado en el retrete, aportando dignidad.

Quizás el Tío Pio debió arriesgarse a salir de los retretes en aquel momento. No esperar a que 
el galán lo despidiera por resultar prescindible, que fue lo que debió pasar. Apostar por un 
paleto que servía a dos amigos te aboca a la deslealtad cierta. Pasar de la filosofía a la realidad 
del diario implica una apuesta fuerte por uno mismo y saber quiénes de verdad son tus 
amigos. En la seguridad de que el punto de vista del gusano es el acertado, el Tío Pio se forjó a 
si mismo antes de irse por la puerta y hacerse dueño de un mundo nuevo que el mismo 
construyó.

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