viernes, 27 de mayo de 2016


Hace unos días escuchaba un comentario radiofónico a propósito de la capacidad de divertirse de diferentes pensadores y filósofos clásicos. De cómo a pesar de la seriedad y el rigor de sus pensamientos y teorías, a lo largo de su vida habían demostrado ser personas con importantes dosis de humanidad en pos de la normal convivencia, incluso a pesar de la dureza de los tiempos en los que les había tocado vivir. Y de inmediato comparaban con las actitudes y la falta de ese componente humano en la política actual. Donde parece que no se piensa mucho y se dedica todo el tiempo a la publicidad. Y es que hay político-tertulianos que resulta imposible creer que puedan conocer en profundidad los asuntos de los que hablan estando tanto tiempo ante los micrófonos y las cámaras y sin dedicar tiempo al estudio y al conocimiento.

Siguiendo la actualidad encontramos muchas veces fotos vacías de contenido, con un responsable político en el centro de la imagen, acompañado de objetos, incluso de personas, tratando de aparentar una cosa que no es, lo que llaman los paparazzis, posados o posados robados, y se nota, se nota mucho. Informaciones y notas de prensa con cortes de voz, ruedas de prensa sin preguntas, comparecencias públicas sin público. Todo esto pone de manifiesto una clara debilidad, una gran falta de respeto.

Debilidad por no ser capaces de enfrentarse a las cuestiones que puedan plantearse fuera del guion marcado en un argumentario, demostrando las verdaderas capacidades políticas, que a la vista de los acontecimientos y de la mediocridad reinante seguramente pondrían fin a alguna carrera personal, por no estudiarse las cosas, por no prepararlas y por no saber de qué se está hablando. Porque hay que ver las cosas que se escuchan, que es que hay veces que nos sangran los oídos porque nos quieren derretir el cerebro.

Pero la falta de respeto de no someterse y dar la cara, ante las cuestiones que como representantes ciudadanos se les puedan plantear, es mucho más grave y atenta contra los principios democráticos.

Tener un locutor en lugar de un responsable político. Tener a alguien que se limita a leer un manifiesto que luego encima, no cumple y que aún más grave, no sabe lo que significa y desconoce la repercusión sobre la sociedad, en lugar de un verdadero representante de la soberanía popular es el impuesto de la mediocridad, de la tecnificación, de los gabinetes de comunicación. Es la perdida de la humanidad, de la normalidad y de la cercanía con los gobernados. Y, ni todo vale, ni todos los políticos son iguales. Aunque mediocres, seguro que “habemos” en todas partes.

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