jueves, 14 de julio de 2016


A veces se van conociendo cosas, noticias, informaciones. De igual forma se conoce el origen de ellas. Y en algunas ocasiones resulta paradójico, inquietante, como alguien ha llegado a decir tal o cual cosa sin saber de lo que habla, bajo ningún concepto. Llegar a creerse en posesión de la verdad absoluta del desarrollo de una historia, un acontecimiento, de las palabras de otro, de las palabras no dichas y atribuidas, incluso de los silencios.

Ahí es cuando cobra de verdad importancia aquello de que valgo más por mi silencio que por mis palabras. Se me viene a la mente la palabra del filósofo aquel, que decía que es mejor no decir nada y parecer tonto, a abrir la boca y demostrar todo lo tonto que se es. Pues eso, que la ignorancia es osada. Hace unos días, en una charla amistosa, me hicieron justo esta reflexión.

Creo que terminamos la conversación hablando de coherencia y de responsabilidad. Aunque también hubo quien se planteaba escribir un libro con el nombre de este artículo, reconozco que la idea no fue mía, aunque tomé con permiso el titulo prestado.

El libro comprendería la versión del autor, con todas las explicaciones y aclaraciones oportunas en referencia a lo expresado por otro en cada caso. Incluso los factores externos que tuvieran influencia, etc. Otra conclusión, mientras todos den por cierta una mentira, será verdad, surgieron las armas de destrucción masiva en la conversación. Que la realidad no estropee un buen titular es una máxima periodística que en plena era digital las redes sociales expanden y acrecientan.

El caso es que vaya usted a saber qué grado de correlación pudiera existir entre la memoria cierta y la memoria ajena, esa de la que se apodera otro que en muchos casos no entiende.

Para ponerte en los zapatos de otro, como mínimo, necesitas los zapatos. No te cuento si el camino recorrido es largo. O si los zapatos te aprietan un poco. Ni la imaginación, ni la inventiva, ni la apropiación indebida de recuerdos falsos e impropios. Pero eso sí, las tertulias de la tele, los programas del corazón y otro montón de sitios están llenos de cuenta vidas de estos. A los que a veces hasta se les admira incomprensiblemente. Si la vieja del visillo hace años que ejerce su labor, ¡oiga!


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